LA POETA ERRANTE

Lo que la mayoría concibe como realidad coexiste en las calles del Centro Histórico junto mundo de Isabel de los Ángeles Ruano.
El peso de los libros que vende no es el único que cargan sus hombros. Desde hace más de dos décadas recorre a pie el Centro Histórico con su maleta repleta de lociones, lapiceros y ejemplares de leyes o códigos, los cuales ofrece para poder sobrevivir. Sin embargo, entre este ecléctico arsenal de productos guarda lo más valioso que ofrece Isabel de los Ángeles Ruano: su poesía.
Sus poemarios recientes —publicados entre el 2002 y el 2010— así como los folletos con sus versos nuevos, los vende protegidos en bolsas plásticas.
Los libros valen Q100 cada uno y fueron publicados por Editorial Cultura, luego de que en el 2001 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura. Los otros, son fotocopias de su puño y letra que por Q20 vende a los interesados en conocer sus estrofas actuales.
No es solo la mochila lo que a sus 66 años ha vuelto lento el andar de Isabel. Sus pies arrastran el recuerdo de sus años mozos, repletos de éxito en el periodismo local y del reconocimiento internacional a su lírica.
Su pasado la obliga a detenerse para apreciar en el reflejo de las vitrinas del Paseo de La Sexta esas anécdotas relacionadas con el gobierno de Jorge Ubico, o esa importante oferta laboral que le fue arrebatada en la década de 1960, o momentos muy íntimos —quizá algunos dolorosos, traumáticos— relacionados con su femineidad, su maternidad y sus sentimientos.
Isabel de los Ángeles se desnuda en la metáfora. No narra, desgarra su vida en cada verso y en cada recorrido que desde la colonia Justo Rufino Barrios —en la zona 21— hace al corazón de la zona 1.

La de los versos andantes
Cuando en la ciudad muchos terminan el almuerzo y están por retornar a la jornada laboral, Isabel descansa a la sombra de la entrada principal del Palacio Nacional de la Cultura. No se separa de la mochila ni de la boina que completa su indumentaria, ropas que, aunque estigmatizadas como masculinas, no dejan de distinguirla.

En su barrio se le conoce como la Periodista y cuando es objeto de burlas —principalmente de niños—, Isabel de los Ángeles debe soportar frases peyorativas acerca de su vestuario. En el Centro tampoco escapa a las miradas acuciosas. A algunas responde y no siempre con la dulzura que se esperaría de una sexagenaria. Hay quienes han recibido de ella menosprecio, insultos o el silencio sepulcral.
Poco logra distraerla en su recorrido por las calles y avenidas de la zona 1, donde va mascullando frases —¿poemas, quizá?—, muy ajena a la cotidianidad de las masas, tanto que sus respuestas se alejan de la lucidez que esperan sus interlocutores.

“Y soy siempre mi yo / mi yo tan solitario / creciendo en el ayer perdido / desde mi antigua mocedad de sol y tiempo”, dice en uno de sus poemas. Por ello es privilegiada la oportunidad de conocer a la genio, al talento que desde jovencita demostró en las aulas del Instituto Normal Centro América (Inca). “La única vez que participó —en un certamen— ganó un premio literario en ese plantel educativo. Además apoyó en la organización de cenáculos literarios y actividades de homenaje a escritores guatemaltecos”, dice Delia Quiñónez, condiscípula de Isabel y también poeta. Ambas se graduaron en 1964 de maestras de Educación Primaria Urbana.

“Eso fue cuando tenía 18 años. Todavía estaba estudiando”, responde Isabel al preguntarle por la época en que empezó a escribir. “Esos no sirven”, dice al referirse a los poemas de sus albores. “Eran temas babosos que yo hacía. Esto es lo mejor”, indica al mostrar ejemplares de Café express (2002), Versos dorados (2006) y Poemas grises (2010).

Isabel es una mujer escabullidisa. Durante tres días la busqué hasta que al fin la encontré sentada en las gradas del Palacio Nacional de la Cultura, un miércoles por la tarde. “La vez pasada quise comprarle un libro, pero ya no pude. ¿Será que todavía tiene?”, le pregunté. “Sí. Mire, aquí cargo estos”, respondió. Este fue el inicio de casi una hora de conversación. Tuve suerte, ya que a otros los ha hecho correr. 

La Isabel de antes
La escritora tiene presente que esos libros “fueron publicados a partir del 2000”. “Yo ya tenía más de 50 años”, dice, y así surgen de sus recuerdos otros referentes fugaces, vinculados con su obra y entremezclados con el persistente mensaje de un contrato laboral internacional escindido por la cúpula empresarial del país. “Esa plaza me fue quitada, ya estaba todo listo. Había presupuesto y estaba el nombramiento, pero no me dejaron tomar cargo”, repite, y sostiene que ese incidente ocurrió a finales de la década de 1960.
De acuerdo con ella, una iniciativa del gobierno francés la había designado, debido a su alto potencial como escritora, para dirigir e instaurar una plataforma cultural en el país que optimizara diferentes espacios públicos. “Sigo esperando que en la prensa internacional se publique el fin a ese embargo, pero nada. Ya es mucho el tiempo perdido, toda la capacitación que debí tener no la voy a recuperar ahora. ¿Cómo quieren que una produzca, si todo el tiempo he pasado en las esquinas, sin ropa ni comida? Así no se puede trabajar”, se lamenta Isabel, quien cumplirá 67 años el 3 de junio.

Dicha oferta, asegura Isabel que la recibió después de un viaje a México, donde representó a la poesía guatemalteca entre los consagrados de entonces. “Eres un niño, un ángel, un poeta. Tienes un destino. Y has venido a decir algo”, le escribió en 1966 el poeta español León Felipe (1884–1968) durante su estadía en ese país, donde publicó su primer poemario Cariátides (1966). Vivió parte de su infancia en México (1954-1957), aunque Isabel nació en Guatemala, en 1945. 

En 1967 retomó su faceta periodística, que inició en 1965, cuando trabajó en el Diario de Centro América. “También escribí en La Hora, La Tarde, El Gráfico y en El Imparcial. Son notas que están dispersas”, recuerda. “De lo que sea”, responde, al preguntarle si eran coberturas culturales o políticas.
En 1978 completó sus estudios universitarios en Lengua y Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Un año después asistió en Argentina a un certamen poético dedicado a Alfonsina Storni y conoció a Jorge Luis Borges (1899–1986). Plasmó su encuentro en El Imparcial, donde escribió junto a las plumas destacadas de entonces. Torres y tatuajes, su segunda antología —compuesta por 11 poemarios— fue publicada en 1988 por el grupo Rin 78. 

Fue durante estos años que su manera de socializar cambió y empezó su faceta errante. Sus amigos son reservados al señalar el motivo de este cambio, y con la familia —tiene dos hermanas y un hijo— hace mucho que la escritora cortó relación. La compilación Los del viento (1999) fue la última publicación de Ruano hasta antes que ganara el Premio Nacional de Literatura.

“Me da una copia”
La prolongada charla con Isabel —de unos 50 minutos— alertó a su instinto de periodista. Hizo una pausa en la reincidente versión de su trabajo internacional perdido para preguntarme: “¿Usted a qué se dedica?”. Le dije que era periodista. “Entonces esto va a salir publicado en algún lado”. Sí. “¿Mmm? Va. Me da una copia”, dijo, y nuestro encuentro concluyó, al consentir que la fotografiara en su deambular. Al alejarse, en sus pasos parecía mascullar su poema Aurora nueva: “Amanecí de nuevo. / No he muerto. Estoy viva. / Respiro y soy / aún soy con esta luz de fuego/ así soy / con la aurora que nace / así soy resonando en mi pecho / jubilosa y feliz”. 

Mujer fronteriza
En la solapa de Poemas grises se lee acerca de la poeta que “desde finales de la década de los ochenta su salud mental se ha visto afectada”. En el bar Las cien puertas hay una pintura de Marlon García, quien en la década de 1990 la retrató rodeada de una nube gris.

“Simboliza las palabras, tanto las que ella poetiza como la crítica y la superfluidad de quienes idolatran su locura y no su obra”. En ese bar recuerdan la época en que la poeta frecuentaba con colegas de un grupo de Alcohólicos Anónimos. “Qué gran cosa es tomar un cafecito caliente, oír buena música, contemplar un dibujo, un cuadro... y todo ello a solo cien pasos de la Plaza Mayor”, escribió la poeta en el libro de visitas.
“No es que ande perdida, sino que vive en otros mundos. Es una autora de mucho respeto en las Letras del país”, comenta el poeta Francisco Morales Santos, a quien Isabel le confió un manuscrito del cual han salido sus últimas tres publicaciones.

“Es una mujer fronteriza, con altibajos entre su realidad y la nuestra. Prefiere mantener la distancia, incluso de sus familiares. Su obra introspectiva es la mejor. La reciente presenta una línea menos desgarradora de su vida”, opina el poeta Juan Pablo Dardón, coleccionista de sus versos.
La escritora Vania Vargas ha sostenido encuentros regulares con Isabel, en las gradas del Palacio. “A veces hace comentarios certeros acerca de autores guatemaltecos, habla de lo que ha leído y sabe en qué fecha está parada, pero en cuestión de minutos su plática se convierte en una espiral que va desde la enfermedad de sus ojos, el embargo internacional de su obra y los contratos culturales que le han ofrecido en París”.
El sociólogo y fotógrafo Bernardo Euler Coy, quien la ha retratado en varias oportunidades, considera que la poeta podría representar una figura de ruptura en el esquema impuesto a la femineidad guatemalteca.
“Prefiero recordarla como cuando éramos adolescentes y destacó en la literatura guatemalteca. Lo que realmente vale es su obra y su calidad como ser humano”, enfatiza la escritora Delia Quiñónez.

Isabel de los Ángeles Ruano vive en la colonia Justo Rufino Barrios. “Acá es muy querida”, afirma un vecino que prefiere no identificarse, y recuerda a Sergio, el hijo de Isabel. “Crecimos juntos. Él se fue de la colonia hace mucho. Hasta hace algunos años todavía lo miraba en los centros comerciales, de vez en cuando, pero ya no he sabido nada de él”. El viejo amigo indica que dejaba bolsas con pan en la ventana de Sergio.
“Uno creería que son mentiras lo que cuenta (Isabel) acerca de Jorge Ubico, pero al buscar en Google se da uno cuenta de que es verdad”, dice un integrante de un grupo de jóvenes que bebe frente a una abarrotería, a escasas cuadras de la vivienda de Ruano. Su casa carece de energía eléctrica y agua entubada. Sin embargo, ella siempre luce presentable. 

La escritora solía visitar a sus vecinos y charlar, pero lo ha dejado de hacer. En la colonia la conocen como la Periodista y saben lo impredecible que puede ser un encuentro con ella. Una gentil Isabel puede llegar al mercado local para abastecerse de víveres o ser quien —como sucedió alguna vez— da martillazos a alguna casa.

“Una vez me invitó a su casa. Era diciembre y me enseñó un arbolito de Navidad que había hecho, y me leyó uno de sus poemas”, recuerda otro de los jóvenes. La ambivalencia de Isabel empujó al vecindario a considerar su reclusión en un centro asistencial, “pero la mayoría se opuso”, cuenta otro cliente de la abarrotería.

El Premio Nacional de Literatura del 2009, Gerardo Guinea, considera que Isabel de los Ángeles Ruano es, “sin duda, la gran poeta del siglo XX guatemalteco. Ella es literatura en el más riguroso sentido, es una novela, y solo en Guatemala es posible que el Estado y el resto de la sociedad acepten que una mujer de ese tamaño —en el sentido poético, por supuesto— deambule por las calles. Para nosotros es una derrota; para ella, la victoria de su obra”.

“En Guatemala difícilmente hay una valoración justa para los escritores, pero dentro de ciertas limitaciones, ella sí ha sido reconocida”, indica Delia Quiñónez, escritora y amiga de Ruano, Enrique Noriega, Premio Nacional de Literatura del 2010, señala: “Se dice tanto, y algunas cosas realmente escabrosas, pero felizmente está viva”.

La escritora Vania Vargas, quien colaboró en Poemas grises (2010), el último poemario publicado a Isabel de los Ángeles Ruano, encuentra que de la poeta “se conoce mucho la leyenda, la de la mujer que enloqueció y que ronda por las calles y vende lapiceros y poemas”, pero pocos “se han dedicado a acercarse a ella a través de su literatura”.

Fuente: http://especiales.prensalibre.com/revistad/

Comentarios

  1. Ingrid Mazariegos14 de mayo de 2012, 12:37

    Felicitaciones a Edwin Yanes por esta excelente pagina y por rescatar los valores de Poetas que a la sombra siguen engrandeciendo nuestra patria ojala que se Reconozca y se le de un mejor lugar a Isabel, así como una mejor calidad de vida.

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  2. Estimada Ingrid, muchas gracias por tu visita.

    Efectivamente yo comparto tu criterio, es una mujer que ha exaltado a nuestro país con sus letras, en vida es la oportunidad de valorarla y cuidar de ella, como ciudadanos o a través del gobierno, para qué homenajes después, recuerda que es hoy y no mañana.

    Abrazos desde el oriente de Guatemala.

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