TESTIMONIO DE UNA MUJER INFIEL

El escritor Rogel Guerra entrevistó a una mujer infiel y a partir de esas conversaciones construyó su historia. Una historia que habla de los altibajos, la culpa y la adrenalina de llevar una doble vida. Lo cuenta sin pudores, sin moralismos, con la sola intención de hacer una fotografía literaria de su vida.


Hay una parte de mí que siempre se siente sucia después de tener sexo.  A lo mejor es por los años de educación católica que me hicieron padecer durante la niñez.  Se suponía que el colegio iba a inculcarme valores, darme un extra, algo más que información y conocimiento.  Pero no era así. Lo único que pasaba es que te metían tanto miedo de Dios, que de veras terminabas teniéndole miedo.  Y no sólo eso, sino que también te sentías poquísima cosa.  Todo lo que hacías estaba mal. Y más todavía si eras mujer. Y es tal vez por eso que siempre que tenía sexo, me daban ganas de llorar.  Seguro me iba a ir al infierno por puta.  Claro, esa sensación también podía ser porque el sexo no era con mi esposo.
La parte incómoda era siempre esa entre el revolcón y volverse a vestir.  No importaba que me hubiera visto sin ropa y besado todo lo besable, igual me daba pena andar por sus apartamentos desnuda. Me cubrí con una almohada y recogí mi ropa. Primero el brasier y el calzón.  Ya con eso cubierto busqué el pantalón, la blusa y demás.
Casi siempre les podía ver la cara de alivio cuando veían que me iba por mi cuenta, que no necesitaba que me echaran.  Pero no esa noche.  Estaba con mi novio.  El que tenía aparte de mi esposo, claro.  Era difícil explicarle por qué nunca podía quedarme.  Me despedí como siempre,  “No, es que mi esposo me espera para cenar”, y él respondió,  “Sí claro, y yo espero a mi amante para cuando te vayas”.
La forma más fácil de mentir era decir la verdad.  Las personas están programadas para creer lo que sea con tal de que no sea lo que no quieren oír.  Si les dices una verdad incómoda, prefieren creer que es un chiste.  Así me salí con la mía la primera vez que pasó.
Tenía dos años de casada cuando sucedió.  Mi esposo estaba en Nicaragua terminando un diplomado. Como acababa de cumplir veintiocho años y ni mi familia ni mi esposo estaban para celebrarlo, decidí salir con una amiga.
Fuimos a uno de esos lugares que solo en Guatemala existen: cantinas con aires de jet set.  El guardia me vio de arriba abajo y se detuvo un rato en el escote.  A lo mejor trataba de adivinar si llevaba una AK-47 ahí escondida.  Adentro, la música era buena y los tragos caros.  Pedí un vodka y mi amiga una cerveza.  Nos sentamos en una esquina de la barra y estuvimos platicando por unos cuarenta minutos.  Me sorprendió lo poco que me interesaba la conversación.  Ella era de mis más cercanas amigas, pero al parecer no teníamos mucho en común.  Me presionaba para tener hijos.
-Son una aventura, dijo. Es un pedacito de ti que trasciende.  Es tu legado.
-Aún no hemos llegado a eso, respondí. Como si reproducirse fuera un logro.  Cualquier idiota sin un condón a la mano tiene el mismo legado que tú.  Big deal.
Estuvimos en lo mismo hasta un poco antes de la media noche, hora a la que ella debía irse.  Le dije que me esperara, que iba al baño y luego nos íbamos, pero no quiso.  Realmente tenía prisa por largarse de ahí. 
Cuando estuve cerca de la puerta, el aire se sintió diferente, fresco, sin olor a sudor.  Buscaba las llaves del carro en mi bolsa cuando sentí que alguien me tomaba de la mano.
-¿Puedo invitarte a un trago?
-Ya me iba, respondí.
-Solo un trago.  Quince minutos más -vio el reloj - a menos que tu carro se convierta en calabaza a las doce.
Estúpido. Era la peor línea para conquistar que había oído en mucho tiempo. Pero, ¿saben qué es lo triste? Que funciona. Creo que por eso de la batalla de los sexos y por esa necesidad de demostrar que somos independientes, que podemos hacer lo que se nos venga en gana y que no hay toque de queda, le reí la broma y acepté el trago.
Se llamaba Mario. Era simpático, tenía un sentido del humor ácido y era aventurero.  Le gustaba viajar y había recorrido buena parte  de Asia y casi toda América.  Era arquitecto igual que yo y eso nos dio una buena base de inicio.  Era interesante y refrescante, sí, aunque guapo no era.  Cualquiera creería que si iba a engañar a mi esposo lo haría con un galán tipo Hollywood, pero Mario era apenas bien parecido.  No buscaba un reemplazo.  De hecho, ni siquiera pensaba en ser infiel, solo me gustaba sentirme importante, deseada. Y por eso fue que cuando me preguntó si tenía novio, le dije que no.  Técnicamente no era mentira.
Estuvimos ahí hasta que cerraron el bar.  Ofreció acompañarme al carro, “Es peligroso caminar sola a estas horas, aunque sean un par de cuadras”.  Las manos me sudaban, el corazón me latía con fuerza, las piernas me temblaban.  No sabía qué hacer, qué decir.  La cabeza me daba vueltas de deseo.
Le di un beso en la mejilla, rozando la comisura de sus labios.  Me quemaba ese beso fantasma, de esos que no das pero que están tan cerca de los labios que te hacen picar toda la cara.  Sonrió.  Me tomó de la nuca y se acercó.  Sentí su aliento aproximarse.  Cerré los ojos y me dejé llevar.  Hacía años que no me sentía así.  No es que no amara a mi esposo sino que yo era del 34 por ciento* de mujeres (¡en los hombres es un 56 por ciento!) que está dispuesta a engañar a pesar de ser feliz con su pareja. 
No lo engañaba porque era infeliz con él, lo engañaba simplemente porque se dio la oportunidad.  No la buscaba, pero tampoco la evité.
Para mí la fidelidad no iba a ser cuestión de votos matrimoniales, de consciencia, de culpa o de amor. Para las personas como yo, la única forma de permanecer fiel en una relación es no exponiéndose a situaciones que lo faciliten.
Y esa noche todo fue tan fácil. Un bar, música, tragos, un hombre al que le gustás y no tener que pensar en una excusa para no volver a casa; eso era lo único que necesitaba.
Pero, ¿qué le veía?  Era que Mario representaba todo lo que mi esposo no era.  Lo que mi cuerpo gritaba, era que quería algo distinto.  De soltera me había acostumbrado a la variedad.  Y esa era la mejor parte, cuando todavía estás conociéndolo y estás cagadísima del miedo de que te vea desnuda, pero igualmente curiosa de saber cómo es él. Antes de casarme, ya había tenido la decena de parejas sexuales.  Sí, lo sé, ya me condené por puta al incio, pero ni eso pudo evitar que me acostara con él esa noche.
Me ahorro los detalles.  Basta decir que salí de ahí convencida de que no sería la última vez que lo haría. Me impresionó lo sencillo que fue.  Me obsesionaba entender por qué había actuado como lo había hecho.  Me topé con miles de artículos y estadísticas.  Estadísticas que me hacían parte de un porcentaje y no un individuo, me deshumanizaban. Estadísticas que me decían que todas podemos hacerlo, es solo que no todas se atreven.  Eso me hacía sentir normal.
Otra cosa que me impresionó, fue decirme que si pudiera elegir, lo volvería a hacer. Quiero decir, me repugnaba haberme acostado con él, pero no me sentía mal por mi esposo. A lo mejor estaba tan acostumbrada a sentirme sucia (ya expliqué lo del colegio católico), que ya no le ponía tanta atención. En mi lista de porcentajes, encontré que dos terceras partes de engañadores no se arrepienten de haberlo hecho.
En los meses que siguieron, seguimos viéndonos.  Era realmente buena para inventar excusas que me tendrían en el trabajo por más horas. Incluso planeé un viaje de trabajo solo para poder irme un fin de semana.  Se supone que me habían enviado a examinar el área para desarrollar complejos habitacionales y la posible apertura de una sucursal de la constructora.  Así de elaboradas eran mis mentiras.
Fue al regreso de ese viaje que descubrí que no era la única a la que le gustaba jugar con fuego.  Producto de mis engaños, vivía paranoica y dudaba tanto de mí, que empecé a dudar de mi esposo. Le revisaba los mensajes, repasaba su agenda telefónica buscando nuevos contactos, desconfiaba de sus cenas de trabajo.  Y bueno, en una ocasión acerté.  El pobre era tan cliché que ni siquiera pude enojarme. 
Me engañaba con la secretaria.  Una tal Matilda. A diferencia de mi relación con Mario, que llevaba un año, la de él apenas llevaba un par de semanas. Como mi morbosidad no tiene límites, la busqué en Facebook.  Quería ponerle una cara.  Era bonita, aunque nada espectacular.  Lo que sí tenía era un cuerpo que me hizo sentir más gorda que nunca.
Para él la cosa fue diferente.  No fue algo que lo tomó por sorpresa, que solo sucedió sino más bien algo que fue evolucionando.  Poco a poco la fue volviendo su esposa laboral.  No es que yo no fuera cariñosa, pero ¡cuánto más fácil resulta ser la amante! Ella solo debía hacerle un cumplido cualquiera para sacarle una sonrisa, cuando los míos estaban tan gastados que ya no causaban efecto alguno.
Matilda no era la primera ni sería la última, pero jamás se le hubiera ocurrido dejarme por una de sus amantes.  Los romances duraban poco, nunca se involucraba demasiado.  Para él eso era sexo y nada más. En cierta manera creo que lo entendía, después de todo, los números me avalaban.   El 65 por ciento de las mujeres se molesta más si hay un componente emocional que si solo es algo físico, mientras que los hombres viven con ese mantra cavernícola donde lo peor que puede pasar es que su mujer se acueste con alguien más.
Mi esposo y Matilda siguieron con el jueguito un tiempo, pero justo como lo predije, su affair terminó pronto.  El mío en cambio seguía extendiéndose.  Poco tiempo después, Mario dejó de ser suficiente y lo empecé a engañar a él también. Me gustaba hacer malabarismo con la situación.  Estaba viviendo al límite y no quería dejar esa droga: la emoción del peligro.
Cuando una noche Mario me descubrió besándome con su amigo, todo se fue al carajo.  Se armó un escándalo tal, que terminó por llegar a oídos de un amigo de mi esposo y por supuesto, también a él. No pasó ni un mes entre que lo descubrió y que me pidió el divorcio. Le saqué en cara que él también lo había hecho, pero eso no ayudó en nada.  Igual me dejó.
Sentí que el mundo se me caía a pedacitos, que arreglar mi vida sería como querer salvar un castillo de arena cuando empieza la marea alta.  Reí, lloré, grité, le supliqué que me perdonara, lo maldije por su estúpido rencor.  Sentí que me iba a morir y que lo peor de todo es que yo me lo había buscado. Imaginaba que cuando un día me encontraran fría y llena de gusanos, dirían que había sido suicidio.
Sin embargo, no fue así.  Ni me morí ni el mundo dejó de girar.  Todo siguió como antes con la excepción de que las cosas que pensé que haría en pareja, ahora las tendría que hacer sola.  Superar la separación es quizá lo más difícil que haya tenido que hacer.  Pero con los pedazos que me quedaron rearmé mi vida.  Salir del bache fue un proceso lento.  Me tomó meses dejar de odiarme, año y medio volver a tener una cita, y dos años conocer a alguien a quien quisiera de verdad. Salimos durante un tiempo y todo fue perfecto.  Como una flor que crece entre una pila de estiércol, mi vida iba tomando forma de nuevo.  Encontré a otro hombre a quien podía amar y que me amaba de regreso.  Y de esa primera experiencia, aprendí la lección.  Todavía me siento sucia después del sexo, pero ahora ya no tengo novios, sólo affairs de una noche.