SONETOS DE AMOR

Soneto I 
Matilde, nombre de planta o piedra o vino, 
de lo que nace de la tierra y dura, 
palabra en cuyo crecimiento amanece, 
en cuyo estío estalla la luz de los limones. 
En ese nombre corren navíos de madera 
rodeados por enjambres de fuego azul marino, 
y esas letras son el agua de un río 
que desemboca en mi corazón calcinado. 
Oh nombre descubierto bajo una enredadera 
como la puerta de un túnel desconocido 
que comunica con la fragancia del mundo! 
Oh invádeme con tu boca abrasadora, 
indágame, si quieres, con tus ojos nocturnos, 
pero en tu nombre déjame navegar y dormir.

Soneto II 
Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, 
qué soledad errante hasta tu compañía! 
Siguen los trenes solos rodando con la lluvia. 
En Taltal no amanece aún la primavera. 
Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos, 
juntos desde la ropa a las raíces, 
juntos de otoño, de agua, de caderas, 
hasta ser sólo tú, sólo yo juntos. 
Pensar que costó tantas piedras que lleva el río, 
la desembocadura del agua de Boroa, 
pensar que separados por trenes y naciones 
tú y yo teníamos que simplemente amarnos, 
con todos confundidos, con hombres y mujeres, 
con la tierra que implanta y educa los claveles.

Soneto III 
Aspero amor, violeta coronada de espinas, 
matorral entre tantas pasiones erizado, 
lanza de los dolores, corola de la cólera, 
por qué caminos y cómo te dirigiste a mi alma? 
Por qué precipitaste tu fuego doloroso, 
de pronto, entre las hojas frías de mi camino? 
Quién te enseñó los pasos que hasta mí te llevaron? 
Qué flor, qué piedra, qué humo mostraron mi morada? 
Lo cierto es que tembló la noche pavorosa, 
el alba llenó todas las copas con su vino 
y el sol estableció su presencia celeste, 
mientras que el cruel amor me cercaba sin tregua 
hasta que lacerándome con espadas y espinas 
abrió en mi corazón un camino quemante.

Soneto IV 
Recordarás aquella quebrada caprichosa 
a donde los aromas palpitantes treparon, 
de cuando en cuando un pájaro vestido 
con agua y lentitud: traje de invierno. 
Recordarás los dones de la tierra: 
irascible fragancia, barro de oro, 
hierbas del matorral, locas raíces, 
sortílegas espinas como espadas. 
Recordarás el ramo que trajiste, 
ramo de sombra y agua con silencio, 
ramo como una piedra con espuma. 
Y aquella vez fue como nunca y siempre: 
vamos allí donde no espera nada 
y hallamos todo lo que está esperando.

Soneto V 
No te toque la noche ni el aire ni la aurora, 
sólo la tierra, la virtud de los racimos, 
las manzanas que crecen oyendo el agua pura, 
el barro y las resinas de tu país fragante. 
Desde Quinchamalí donde hicieron tus ojos 
hasta tus pies creados para mí en la Frontera 
eres la greda oscura que conozco: 
en tus caderas toco de nuevo todo el trigo. 
Tal vez tú no sabías, araucana, 
que cuando antes de amarte me olvidé de tus besos 
mi corazón quedó recordando tu boca 
y fui como un herido por las calles 
hasta que comprendí que había encontrado, 
amor, mi territorio de besos y volcanes.

Autor: Pablo Neruda

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