LOS 10 POEMAS MÁS FAMOSOS DEL MUNDO

La popularidad, dice el diccionario, es la “aceptación y aplauso que uno tiene en el pueblo“. La definición es equívoca; la popularidad, también.
POEMA XX DE PABLO NERUDA
Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada,  
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". 

El viento de la noche gira en el cielo y canta. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.  
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.  
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 

Ella me quiso, a veces yo también la quería.  
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.  
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.  
Y el verso cae al alma como pasto el rocío. 

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.  
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.  
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Como para acercarla mi mirada la busca.  
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.  
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.  
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.  
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.  
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,  
mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,  
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

ELEGÍA DE MIGUEL HERNÁNDEZ
Yo quiero ser llorando el hortelano 
de la tierra que ocupas y estercolas, 
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas 
y órganos mi dolor sin instrumento. 
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento. 
Tanto dolor se agrupa en mi costado, 
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado, 
un hachazo invisible y homicida, 
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida, 
lloro mi desventura y sus conjuntos 
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos, 
y sin calor de nadie y sin consuelo 
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo, 
temprano madrugó la madrugada, 
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada, 
no perdono a la vida desatenta, 
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta 
de piedras, rayos y hachas estridentes 
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes, 
quiero apartar la tierra parte a parte 
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte 
y besarte la noble calavera 
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera: 
por los altos andamios de las flores 
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores. 
Volverás al arrullo de las rejas 
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas, 
y tu sangre se irán a cada lado 
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado, 
llama a un campo de almendras espumosas 
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas 
del almendro de nata te requiero, 
que tenemos que hablar de muchas cosas, 
compañero del alma, compañero.

POEMA XV DE NERUDA
ME gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, 
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

GACELA DE LA TERRIBLE PRESENCIA DE FEDERICO GARCÍA LORCA
Yo quiero que el agua se quede sin cauce. 
Yo quiero que el viento se quede sin valles.

Quiero que la noche se quede sin ojos 
y mi corazón sin la flor del oro.

Que los bueyes hablen con las grandes hojas 
y que la lombriz se muera de sombra.

Que brillen los dientes de la calavera 
y los amarillos inunden la seda.

Puedo ver el duelo de la noche herida 
luchando enroscada con el mediodía.

Resisto un ocaso de verde veneno 
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.

Pero no me enseñes tu limpio desnudo 
como un negro cactus abierto en los juncos.

Déjame en un ansia de oscuros planetas, 
¡pero no me enseñes tu cintura fresca!

SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR DE LUIS CERNUDA
Si el hombre pudiera decir lo que ama, 
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo 
como una nube en la luz; 
si como muros que se derrumban, 
para saludar la verdad erguida en medio, 
pudiera derrumbar su cuerpo, 
dejando sólo la verdad de su amor, 
la verdad de sí mismo, 
que no se llama gloria, fortuna o ambición, 
sino amor o deseo, 
yo sería aquel que imaginaba; 
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos 
proclama ante los hombres la verdad ignorada, 
la verdad de su amor verdadero. 

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien 
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; 
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina 
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, 
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu 
como leños perdidos que el mar anega o levanta 
libremente, con la libertad del amor, 
la única libertad que me exalta, 
la única libertad por que muero. 

COPLAS DE DON JORGE MANRIQUE POR LA MUERTE DE SU PADRE
                    I
  Recuerde el alma dormida, 
avive el seso e despierte 
  contemplando 
cómo se passa la vida, 
cómo se viene la muerte 
  tan callando; 
  cuán presto se va el plazer, 
cómo, después de acordado, 
  da dolor; 
cómo, a nuestro parescer, 
cualquiere tiempo passado 
  fue mejor.

                    II
Pues si vemos lo presente 
cómo en un punto s'es ido 
  e acabado, 
si juzgamos sabiamente, 
daremos lo non venido 
  por passado. 
  Non se engañe nadi, no, 
pensando que ha de durar 
  lo que espera 
más que duró lo que vio, 
pues que todo ha de passar 
  por tal manera.

                    III
Nuestras vidas son los ríos 
que van a dar en la mar, 
  qu'es el morir; 
allí van los señoríos 
derechos a se acabar 
  e consumir; 
  allí los ríos caudales, 
allí los otros medianos 
  e más chicos, 
allegados, son iguales 
los que viven por sus manos 
  e los ricos.

            INVOCACIÓN

                    IV
Dexo las invocaciones 
de los famosos poetas 
  y oradores; 
non curo de sus ficciones, 
que traen yerbas secretas 
  sus sabores. 
  Aquél sólo m'encomiendo, 
Aquél sólo invoco yo 
  de verdad, 
que en este mundo viviendo, 
el mundo non conoció 
  su deidad.

                    V
Este mundo es el camino 
para el otro, qu'es morada 
  sin pesar; 
mas cumple tener buen tino 
para andar esta jornada 
  sin errar. 
  Partimos cuando nascemos, 
andamos mientra vivimos, 
  e llegamos 
al tiempo que feneçemos; 
assí que cuando morimos, 
  descansamos.

                    VI
Este mundo bueno fue 
si bien usásemos dél 
  como debemos, 
porque, segund nuestra fe, 
es para ganar aquél 
  que atendemos. 
  Aun aquel fijo de Dios 
para sobirnos al cielo 
  descendió 
a nescer acá entre nos, 
y a vivir en este suelo 
  do murió.

                    VII
Si fuesse en nuestro poder 
hazer la cara hermosa 
  corporal, 
como podemos hazer 
el alma tan glorïosa 
  angelical, 
  ¡qué diligencia tan viva 
toviéramos toda hora 
  e tan presta, 
en componer la cativa, 
dexándonos la señora 
  descompuesta!

                    VIII
Ved de cuán poco valor 
son las cosas tras que andamos 
  y corremos, 
que, en este mundo traidor, 
aun primero que muramos 
  las perdemos. 
  Dellas deshaze la edad, 
dellas casos desastrados 
  que acaeçen, 
dellas, por su calidad, 
en los más altos estados 
  desfallescen.

                    IX
Dezidme: La hermosura, 
la gentil frescura y tez 
  de la cara, 
la color e la blancura, 
cuando viene la vejez, 
  ¿cuál se para? 
  Las mañas e ligereza 
e la fuerça corporal 
  de juventud, 
todo se torna graveza 
cuando llega el arrabal 
  de senectud.

                    X
Pues la sangre de los godos, 
y el linaje e la nobleza 
  tan crescida, 
¡por cuántas vías e modos 
se pierde su grand alteza 
  en esta vida! 
  Unos, por poco valer, 
por cuán baxos e abatidos 
  que los tienen; 
otros que, por non tener, 
con oficios non debidos 
  se mantienen.

                    XI
Los estados e riqueza, 
que nos dexen a deshora 
  ¿quién lo duda?, 
non les pidamos firmeza. 
pues que son d'una señora; 
  que se muda, 
  que bienes son de Fortuna 
que revuelven con su rueda 
  presurosa, 
la cual non puede ser una 
ni estar estable ni queda 
  en una cosa.

                    XII
Pero digo c'acompañen 
e lleguen fasta la fuessa 
  con su dueño: 
por esso non nos engañen, 
pues se va la vida apriessa 
  como sueño, 
e los deleites d'acá 
son, en que nos deleitamos, 
  temporales, 
e los tormentos d'allá, 
que por ellos esperamos, 
  eternales.

                    XIII
Los plazeres e dulçores 
desta vida trabajada 
  que tenemos, 
non son sino corredores, 
e la muerte, la çelada 
  en que caemos. 
  Non mirando a nuestro daño, 
corremos a rienda suelta 
  sin parar; 
desque vemos el engaño 
y queremos dar la vuelta 
  no hay lugar.

                    XIV
Esos reyes poderosos 
que vemos por escripturas 
  ya passadas 
con casos tristes, llorosos, 
fueron sus buenas venturas 
  trastornadas; 
  assí, que no hay cosa fuerte, 
que a papas y emperadores 
  e perlados, 
assí los trata la muerte 
como a los pobres pastores 
  de ganados.

                    XV
Dexemos a los troyanos, 
que sus males non los vimos, 
  ni sus glorias; 
dexemos a los romanos, 
aunque oímos e leímos 
  sus hestorias; 
  non curemos de saber 
lo d'aquel siglo passado 
  qué fue d'ello; 
vengamos a lo d'ayer, 
que también es olvidado 
  como aquello.

                    XVI
¿Qué se hizo el rey don Joan? 
Los infantes d'Aragón 
  ¿qué se hizieron? 
¿Qué fue de tanto galán, 
qué de tanta invinción 
  como truxeron? 
  ¿Fueron sino devaneos, 
qué fueron sino verduras 
  de las eras, 
las justas e los torneos, 
paramentos, bordaduras 
  e çimeras?

                    XVII
¿Qué se hizieron las damas, 
sus tocados e vestidos, 
  sus olores? 
¿Qué se hizieron las llamas 
de los fuegos encendidos 
  d'amadores? 
  ¿Qué se hizo aquel trovar, 
las músicas acordadas 
  que tañían? 
¿Qué se hizo aquel dançar, 
aquellas ropas chapadas 
  que traían?

                    XVIII
Pues el otro, su heredero 
don Anrique, ¡qué poderes 
  alcançaba! 
¡Cuánd blando, cuánd halaguero 
el mundo con sus plazeres 
  se le daba! 
  Mas verás cuánd enemigo, 
cuánd contrario, cuánd cruel 
  se le mostró; 
habiéndole sido amigo, 
¡cuánd poco duró con él 
  lo que le dio!

                    XIX
Las dávidas desmedidas, 
los edeficios reales 
  llenos d'oro, 
las vaxillas tan fabridas 
los enriques e reales 
  del tesoro, 
  los jaezes, los caballos 
de sus gentes e atavíos 
  tan sobrados 
¿dónde iremos a buscallos?; 
¿qué fueron sino rocíos 
  de los prados?

                    XX
Pues su hermano el innocente 
qu'en su vida sucesor 
  se llamó 
¡qué corte tan excellente 
tuvo, e cuánto grand señor 
  le siguió! 
  Mas, como fuesse mortal, 
metióle la Muerte luego 
  en su fragua. 
¡Oh jüicio divinal!, 
cuando más ardía el fuego, 
  echaste agua.

                    XXI
Pues aquel grand Condestable, 
maestre que conoscimos 
  tan privado, 
non cumple que dél se hable, 
mas sólo como lo vimos 
  degollado. 
  Sus infinitos tesoros, 
sus villas e sus lugares, 
  su mandar, 
¿qué le fueron sino lloros?, 
¿qué fueron sino pesares 
  al dexar?

                    XXII
E los otros dos hermanos, 
maestres tan prosperados 
  como reyes, 
c'a los grandes e medianos 
truxieron tan sojuzgados 
  a sus leyes; 
  aquella prosperidad 
qu'en tan alto fue subida 
  y ensalzada, 
¿qué fue sino claridad 
que cuando más encendida 
  fue amatada?

                    XXIII
Tantos duques excelentes, 
tantos marqueses e condes 
  e varones 
como vimos tan potentes, 
dí, Muerte, ¿dó los escondes, 
  e traspones? 
  E las sus claras hazañas 
que hizieron en las guerras 
  y en las pazes, 
cuando tú, cruda, t'ensañas, 
con tu fuerça, las atierras 
  e desfazes.

                    XXIV
Las huestes inumerables, 
los pendones, estandartes 
  e banderas, 
los castillos impugnables, 
los muros e balüartes 
  e barreras, 
  la cava honda, chapada, 
o cualquier otro reparo, 
  ¿qué aprovecha? 
Cuando tú vienes airada, 
todo lo passas de claro 
  con tu flecha.

                    XXV
Aquel de buenos abrigo, 
amado, por virtuoso, 
  de la gente, 
el maestre don Rodrigo 
Manrique, tanto famoso 
  e tan valiente; 
sus hechos grandes e claros 
non cumple que los alabe, 
  pues los vieron; 
ni los quiero hazer caros, 
pues qu'el mundo todo sabe 
  cuáles fueron.

                    XXVI
Amigo de sus amigos, 
¡qué señor para criados 
  e parientes! 
¡Qué enemigo d'enemigos! 
¡Qué maestro d'esforçados 
  e valientes! 
  ¡Qué seso para discretos! 
¡Qué gracia para donosos! 
  ¡Qué razón! 
¡Qué benino a los sujetos! 
¡A los bravos e dañosos, 
  qué león!

                    XXVII
En ventura, Octavïano; 
Julio César en vencer 
  e batallar; 
en la virtud, Africano; 
Aníbal en el saber 
  e trabajar; 
  en la bondad, un Trajano; 
Tito en liberalidad 
  con alegría; 
en su braço, Aureliano; 
Marco Atilio en la verdad 
  que prometía.

                    XXVIII
Antoño Pío en clemencia; 
Marco Aurelio en igualdad 
  del semblante; 
Adriano en la elocuencia; 
Teodosio en humanidad 
  e buen talante. 
  Aurelio Alexandre fue 
en desciplina e rigor 
  de la guerra; 
un Constantino en la fe, 
Camilo en el grand amor 
  de su tierra.

                    XXIX
Non dexó grandes tesoros, 
ni alcançó muchas riquezas 
  ni vaxillas; 
mas fizo guerra a los moros 
ganando sus fortalezas 
  e sus villas; 
  y en las lides que venció, 
cuántos moros e cavallos 
  se perdieron; 
y en este oficio ganó 
las rentas e los vasallos 
  que le dieron.

                    XXX
Pues por su honra y estado, 
en otros tiempos passados 
  ¿cómo s'hubo? 
Quedando desamparado, 
con hermanos e criados 
  se sostuvo. 
  Después que fechos famosos 
fizo en esta misma guerra 
  que hazía, 
fizo tratos tan honrosos 
que le dieron aun más tierra 
  que tenía.

                    XXXI
Estas sus viejas hestorias 
que con su braço pintó 
  en joventud, 
con otras nuevas victorias 
agora las renovó 
  en senectud. 
  Por su gran habilidad, 
por méritos e ancianía 
  bien gastada, 
alcançó la dignidad 
de la grand Caballería 
  dell Espada.

                    XXXII
E sus villas e sus tierras, 
ocupadas de tiranos 
  las halló; 
mas por çercos e por guerras 
e por fuerça de sus manos 
  las cobró. 
  Pues nuestro rey natural, 
si de las obras que obró 
  fue servido, 
dígalo el de Portogal, 
y, en Castilla, quien siguió 
  su partido.

                    XXXIII
Después de puesta la vida 
tantas vezes por su ley 
  al tablero; 
después de tan bien servida 
la corona de su rey 
  verdadero; 
  después de tanta hazaña 
a que non puede bastar 
  cuenta cierta, 
en la su villa d'Ocaña 
vino la Muerte a llamar 
  a su puerta,

                    XXXIV
diziendo: "Buen caballero, 
dexad el mundo engañoso 
  e su halago; 
vuestro corazón d'azero 
muestre su esfuerço famoso 
  en este trago; 
  e pues de vida e salud 
fezistes tan poca cuenta 
  por la fama; 
esfuércese la virtud 
para sofrir esta afruenta 
  que vos llama."

                    XXXV
"Non se vos haga tan amarga 
la batalla temerosa 
  qu'esperáis, 
pues otra vida más larga 
de la fama glorïosa 
  acá dexáis. 
  Aunqu'esta vida d'honor 
tampoco no es eternal 
  ni verdadera; 
mas, con todo, es muy mejor 
que la otra temporal, 
  peresçedera."

                    XXXVI
"El vivir qu'es perdurable 
non se gana con estados 
  mundanales, 
ni con vida delectable 
donde moran los pecados 
  infernales; 
  mas los buenos religiosos 
gánanlo con oraciones 
  e con lloros; 
los caballeros famosos, 
con trabajos e aflicciones 
  contra moros."

                    XXXVII
 "E pues vos, claro varón, 
tanta sangre derramastes 
  de paganos, 
esperad el galardón 
que en este mundo ganastes 
  por las manos; 
e con esta confiança 
e con la fe tan entera 
  que tenéis, 
partid con buena esperança, 
qu'estotra vida tercera 
  ganaréis."

[Responde el Maestre:]

                    XXXVIII
"Non tengamos tiempo ya 
en esta vida mesquina 
  por tal modo, 
que mi voluntad está 
conforme con la divina 
  para todo; 
  e consiento en mi morir 
con voluntad plazentera, 
  clara e pura, 
que querer hombre vivir 
cuando Dios quiere que muera, 
  es locura."

[Del maestre a Jesús]

                    XXXIX
 "Tú que, por nuestra maldad, 
tomaste forma servil 
  e baxo nombre; 
tú, que a tu divinidad 
juntaste cosa tan vil 
  como es el hombre; 
tú, que tan grandes tormentos 
sofriste sin resistencia 
  en tu persona, 
non por mis merescimientos, 
mas por tu sola clemencia 
  me perdona".

        FIN

                    XL

  Assí, con tal entender, 
todos sentidos humanos 
  conservados, 
cercado de su mujer 
y de sus hijos e hermanos 
  e criados, 
  dio el alma a quien gela dio 
(el cual la ponga en el cielo 
  en su gloria), 
que aunque la vida perdió, 
dexónos harto consuelo 
  su memoria.

NANAS DE LA CEBOLLA DE MIGUEL HERÁNDEZ
La cebolla es escarcha 
cerrada y pobre: 
escarcha de tus días 
y de mis noches. 
Hambre y cebolla: 
hielo negro y escarcha 
grande y redonda.

En la cuna del hambre 
mi niño estaba. 
Con sangre de cebolla 
se amamantaba. 
Pero tu sangre, 
escarchada de azúcar, 
cebolla y hambre.

Una mujer morena, 
resuelta en luna, 
se derrama hilo a hilo 
sobre la cuna. 
Ríete, niño, 
que te tragas la luna 
cuando es preciso.

Alondra de mi casa, 
ríete mucho. 
Es tu risa en los ojos 
la luz del mundo. 
Ríete tanto 
que en el alma al oírte, 
bata el espacio.

Tu risa me hace libre, 
me pone alas. 
Soledades me quita, 
cárcel me arranca. 
Boca que vuela, 
corazón que en tus labios 
relampaguea.

Es tu risa la espada 
más victoriosa. 
Vencedor de las flores 
y las alondras. 
Rival del sol. 
Porvenir de mis huesos 
y de mi amor.

La carne aleteante, 
súbito el párpado, 
el vivir como nunca 
coloreado. 
¡Cuánto jilguero 
se remonta, aletea, 
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño. 
Nunca despiertes. 
Triste llevo la boca. 
Ríete siempre. 
Siempre en la cuna, 
defendiendo la risa 
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto, 
tan extendido, 
que tu carne parece 
cielo cernido. 
¡Si yo pudiera 
remontarme al origen 
de tu carrera!

Al octavo mes ríes 
con cinco azahares. 
Con cinco diminutas 
ferocidades. 
Con cinco dientes 
como cinco jazmines 
adolescentes.

Frontera de los besos 
serán mañana, 
cuando en la dentadura 
sientas un arma. 
Sientas un fuego 
correr dientes abajo 
buscando el centro.

Vuela niño en la doble 
luna del pecho. 
Él, triste de cebolla. 
Tú, satisfecho. 
No te derrumbes. 
No sepas lo que pasa 
ni lo que ocurre.

EL CUERPO EN EL ALBA DE EMILIO PRADOS
Ahora sí que ya os miro
cielo, tierra, sol, piedra,
como si viera mi propia carne.

Ya sólo me faltábais en ella
para verme completo,
hombre entero en el mundo
y padre sin semilla 
de la presencia hermosa del futuro.

Antes, el alma vi nacer 
y acudí a salvarla, 
fiel tutor perseguido y doloroso,
pero siempre seguro
de mi mano y su aviso.

Ayudé a la hermosura
y a su felicidad,
aunque nunca dudé que traicionaba
al maestro, al discípulo,
más, si aquel daba forma 
en su libertad 
al pensamiento de lo bello.

Y así vistió su ropa
mi hueso madurado,
tan lleno de dolor y de negrura 
como noche nublada 
sin perfume de flor,
sin lluvia y sin silencio... 

Solo el cumplir mi paso,
aunque por suelo tan arisco,
me daba luz y fuerza en el vivir. 

Mas hoy me abrís los brazos,
cielo, tierra, sol, piedra,
igual que presentí de niño 
que iba a ser la verdad bajo lo eterno.

Hoy siento que mi lengua
confunde su saliva 
con la gota más tierna del rocío
y prolonga sus tactos
fuera de mí, en la yerba
o en la obscura raíz secreta y húmeda. 

Miro mi pensamiento 
llegarme lento como un agua,
no sé desde qué lluvia o lago
o profundas arenas
de fuentes que palpitan
bajo mi corazón ya sostenido por la roca del monte.

Hoy sí, mi piel existe,
mas no ya como límite 
que antes me perseguía, 
sino también como vosotros mismos, 
cielo hermoso y azul,
tierra tendida... 

Ya soy Todo: Unidad
de un cuerpo verdadero.
De ese cuerpo que Dios llamo su cuerpo
y hoy empieza a asentirse
a, sin muerte ni vida, como rosa en presencia constante 
De su verbo acabado y en olvido
De lo que antes pensó aun sin llamarlo
Y temió ser: Demonio de la Nada.

 AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE DE FRANCISCO DE QUEVEDO
Cerrar podrá mis ojos la postrera 
Sombra que me llevare el blanco día, 
Y podrá desatar esta alma mía 
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera 
Dejará la memoria, en donde ardía: 
Nadar sabe mi llama el agua fría, 
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, 
Venas, que humor a tanto fuego han dado, 
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado; 
Serán ceniza, mas tendrá sentido; 
Polvo serán, mas polvo enamorado.

OCTUBRE DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Estaba echado yo en la tierra, enfrente 
el infinito campo de Castilla,
que el otoño envolvía en la amarilla
dulzura de su claro sol poniente.

Lento, el arado, paralelamente
abría el haza oscura, y la sencilla 
mano abierta dejaba la semilla
en su entraña partida honradamente 

Pensé en arrancarme el corazón y echarlo,
pleno de su sentir alto y profundo,
el ancho surco del terruño tierno,
a ver si con partirlo y con sembrarlo,

la primavera le mostraba al mundo
el árbol puro del amor eterno.

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