LA ESCUELA

A mis maestros de toda la vida...

Es tarde. Ya se han ido todos y he quedado sola. Me espera un largo fin de semana. Hace frío,

llueve y es posible que me ponga melancólica. Pero esta noche, cuando las sombras han

invadido cada sector de mi estructura, cuando ha quedado flotando en el aire el eco de las

para recorrerme y revisar mi pasado y mi presente.

Pienso en mis orígenes, en la construcción que me permitió convertirme en una entidad

real, en una presencia familiar en la comunidad. No voy a entrar en los detalles de los planos, los

movimientos de tierra, la acumulación de materiales, el laborioso trabajo de los constructores y los

obreros. Fue un estreno glorioso encontrarme con las paredes nuevas, los pisos brillosos, los techos

seguros, los fundamentos sólidos, las aberturas aceitadas, el mobiliario reluciente...

Me resulta difícil ver en las paredes de hoy los muros de entonces: estas paredes

descascaradas, manchadas, escritas, mil veces pintadas –son todavía sólidas pero necesitan cada

vez más de cimientos confiables. Es cierto que en algunos sectores– comprobados ciertos riesgos

hubo que rellenar grietas, agregar columnas, construir encadenados... pero en el corazón de la tierra,

en un fondo oscuro y húmedo, resiste el corazón del hierro y el cemento. Las paredes protectoras no

pueden arreglarse por sí mismas; no lo pudieron nunca... y menos en estos tiempos de movimientos

frecuentes.

Levanto la vista. Allá está el techo: nadie discute su necesidad, porque es realmente

lo que protege y cubre... Pero nada es para siempre... y es el que más ha sufrido cambios y

transformaciones: no pudo aguantar tantas modificaciones producidas. ¿A cuántos especialistas

tuvieron que llamar a lo largo de todos estos años para resolver su estado crítico?

Cuando aparecí en el horizonte de la ciudad era una de las construcciones más sólidas y mi

fortaleza se imponía en un paisaje de casas bajas y de construcciones sencillas. A mi alrededor el

escenario fue cambiando y las casitas de entonces se transformaron en las suntuosas casas de hoy,

los terrenos baldíos se convirtieron en imponentes edificios de departamentos y la tranquilidad de las

calles, en el infierno de la gran ciudad.

Ustedes pensarán que estoy hablando de las cosas materiales. En parte sí, en parte no.

Una escuela es mucho más que una construcción. Es una de esos significantes que remiten a un

significado material y a “otra cosa”... La casa es la casa, el estadio es el estadio, el banco es el

banco, la cárcel es la cárcel, pero la Escuela, es algo más: “la escuela festeja años”, “la escuela está

en crisis”, “la escuela se está renovando”...

Todas estas frases reflejan mucho más que lo material. Cuando me observo a mi misma y

miro los pisos, los techos,... ¿Sucede lo mismo con las Iglesias, los Tribunales, las Empresas?

¿Los lugares remiten a realidades que los contienen y los desbordan? ¿Sus usuarios utilizan la

denominación para designar de manera indistinta a lo material y a lo institucional?

Los cimientos, las paredes y los techos... estoy pensando además en otras cosas; en quienes

diariamente me habitan, en los que comprometen por años su existencia y su labor profesional, en

los educandos a quienes acompaño en sus crecimientos. Y pienso también en los quehaceres, que

conversaciones y los gritos de una semana intensa... quiero bajar al corazón de mi misma,

imaginariamente ubico en mi estructura: allá en el techo, los conocimientos; aquí, en mis paredes, los

contenidos procedimentales; y abajo, en los cimientos, las actitudes y los valores.

Soy la escuela. La escuela de hoy y de siempre. La escuela material que refleja la otra escuela.

Una estructura exterior que permite reconocer los secretos de mi cara oculta. La noche se ha tornado

más fría. Tengo ganas de volver al interior de mí misma. Recorro los rincones de este cuerpo... y

veo en las aulas, en los patios, en las amplias galerías, en los huecos de las ventanas, las historias

más dispares. Las de ayer, las de hoy, las de siempre... ¡Cuántos esfuerzos para llevar adelante

lo imposible! ¡Qué mezquinas y lejanas las recompensas! Casi no duermo, pero ciertas noches me

sobresaltan algunos sueños. Hoy es una de esas noches.

Mis pesadillas son terribles y curiosas. Me veo a mi misma como una construcción y tengo

miedo de proyectar allí lo que me sucede como institución de la sociedad. Contemplo una película de

escenas fugaces y sucesivas, con implacables saltos en el tiempo... y observo un proceso paulatino

y devastador sobre la escuela: un deterioro progresivo, implacable, inhumano. De pronto veo que

se caen los techos a pedazos, un viento huracanado arrebata las chapas, se agrietan las lozas, una

lluvia intensa perfora los cielorrasos. En medio del sueño, levanto mi mirada temerosa y veo un cielo

impecable, lejano, perfecto y una escuela totalmente desprotegida. El sueño va y viene: primero

aparecen, silenciosas, algunas grietas, pequeñas fisuras... y luego van cayendo los históricos ladrillos

en un caos destructivo...

Sobreviene una furiosa implosión o el juego de topadoras alocadas destruyendo todos los

muros... Al final algo –terremoto seguramente– remueve, con sonido de película, los cimientos y deja

al desnudo los grandes abismos... Parece curioso, pero nada hace prever el desenlace: los controles

en orden, las planillas correctas, los registros perfectos... y hasta las previsiones de los constructores

que en sus diseños me habían...

Los conocimientos (como el techo) son el paraguas protector y la razón de ser de la escuela...

pero tienen una difícil tarea: proteger (hacia abajo) y afrontar (hacia arriba) todas las inclemencias

del tiempo; no le podemos pedir una fortaleza y una eternidad para la que no fueron preparados;

Los contenidos procedimentales exhiben una consistencia que se afianza con los años y sobre

su estructura – sólida o endeble – descansa el techo. A veces se desdibujan y parecen ocultarse,

como si no existieran... pero las paredes que cumplen la función de delimitar y contener, también

deben brindar protección, sino, ¿qué sería de la escuela? En los cimientos moran los contenidos

actitudinales: es lo que originalmente me dio origen deberían seguir allí –en la oscuridad y el silencio–

dando consistencia al resto.

¿Cómo comprobarlo en el fragor de la lucha diaria y del bombardeo de problemas? Sin

su acerada presencia es fácil que la pared se agriete y que los techos se desplomen. Sobran

experiencias al respecto. Los hábitos y las actitudes están allí abriendo las puertas, marcando el

camino, tramando las condiciones de posibilidad de todo... porque sin ellas no hay forma de construir.

Esa ha sido la razón de ser de mi histórica presencia. Los hierros firmes y eternos que encadenan

mi estructura en las bases, se proyectan en forma de columnas en las paredes y terminan en las

vigas del techo. Hay una red (oculta) que me recorre y enlaza todo... pero yo no podría sostenerme

sin los cimientos. Las actitudes claramente definidas y consolidadas se proyectan en contenidos

procedimentales y se cierran en la apertura hacia los siempre dinámicos contenidos conceptuales.

El universo de los valores recorre y sostiene desde la base; los muros del saber hacer (y

transferir) otorgan las estructuras, y la vastedad del conocimiento (cambiante pero sistemático,

variado pero organizado, expansivo pero nucleado en torno a grandes ejes, alternante pero capaz de

soportar cualquier crítica) permite constituirme definitivamente en escuela.

Entonces, despierto enloquecida, me levanto de mi letargo y voy apresurada a mirarme: toco

las paredes, observo la quietud y la firmeza del piso, la aparente seguridad del techo... y respiro

tranquila. Todo ha sido un sueño. Pero el sobresalto llega siempre a la mañana siguiente. Recorro la

estructura material, acerco mis oídos al imperceptible murmullo de los rincones, y observo que hay

otra escuela, un espejo en el que necesariamente me reflejo, otra realidad en la que yo misma estoy

padeciendo mi demolición.

El proceso destructivo sigue los mismos pasos: primero me roban los conocimientos: los

cambios tormentosos van desnaturalizando su presencia y terminan por hacerlos volar; las

sustituciones son pasajeras e inservibles: un techo lejano e infinito se alza sobre la escuela,

definitivamente desprotegida.

Luego van perdiendo valor los contenidos procedimentales, los van carcomiendo la repetición

y el aburrimiento y los desploman la inutilidad y la falta de imaginación. Finalmente se produce

el perjuicio mayor: se deshacen las actitudes y los valores. Un estadillo y miles de acciones me

van quitando lo poco que me queda, la única, definitiva posibilidad de reiniciar el proceso de re-
construcción... Y como escuela, siento que quedo vacía.

Y una escuela vacía, hueca, vieja, fría no tiene ningún atractivo. A menos que me vuelvan

obligatoria, me disfracen de superficiales intereses o me sostengan con otras intenciones, manifiestas

u ocultas Tal vez solamente se trate de un sueño, de una pesadilla de fin de semana o de noche de

¡Ayúdenme a despertar por favor, ayúdenme a conocer la realidad o regálenme otro sueño: la

posibilidad de llegar a ser la que era... y para siempre!

No. No estoy soñando. Una escuela nunca duerme. Hay sobresaltos y sufrimientos que uno

quisiera que no fueran reales, pero a Ustedes no puedo engañarlos. Creo que mis estructuras se han

ido debilitando y que muchos se han aprovechado de mi fragilidad.

Pero soplan vientos de conciencia crítica y de entusiasmos renovados, se deja oír el murmullo

de un mundo que se va y de una civilización que nace, florecen caminos abiertos y nuevos heroísmos

urdidos en la trama de esfuerzos cotidianos. Siento que la presencia de tantos educadores

preocupados por mis padecimientos es mi mejor remedio. Y que la esperanza se instala en cada uno

de ustedes para recrearme para siempre.

Luis Ernesto*

Dr. Luis Alberto Navarrete Obando

Trujillo (Ciudad Vallejo) - Perú, Agosto del 2007

http://www.derechoysociedaddrnavarrete.blooger.com

* Seudónimo del Dr. Luis Alberto Navarrete Obando; ABOGADO – DOCENTE UNIVERSITARIO –

ESCRITOR – ENSAYISTA Y POETA; Magister en Investigación Universitaria, por la Universidad de La

Habana – Cuba; Doctor en Teología, Filosofía y Humanidades, por la Universidad de La Salle, Barcelona -

España.

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